Giordani, segno di tempi nuovi.

Igino Giordani (1894-1980) fue profesor, antifascista, bibliotecario, casado y padre de cuatro hijos, era un conocido polemista del área católica, pionero del compromiso de los cristianos en la política, escritor y periodista. Después de la segunda guerra mundial, vivida como antifascista y obligado al exilio, resultó electo para la Constituyente. Fue diputado, laico brillante, pionero del ecumenismo y cofundador del Movimiento de los Focolares junto a Chiara Lubich. Este libro de Tommaso Sorgi editado por la Editorial Città Nuova en 1994 es más que una biografía ya que traza además claves interpretativas de su pensamiento. Conocí en los años 70 personalmente a de este ilustre escritor y periodista  italiano; uno de los más relevantes exponentes del pensamiento moderno cristiano a nivel internacional.  Más tarde a través de sus escritos conocí muchas otras facetas suyas, como las de apologista, patrólogo, hagiógrafo, ecumenista y ensayista. Un personaje de tanta altura resulta de interés para el hombre y el político de hoy. Conservo un artículo suyo de 1971, su lectura hoy me resulta altamente contrastante con la realidad política que nos rodea: “Si una sociedad empezara de la nada, llegaría a la nada, surgida del impulso de anulación. Si una sociedad empezara a partir del ansia de dinero, llevaría a la lucha para conquistarlo. Si empezara del vientre terminaría en un foso. Pero la vida suscita la vida.  La política está orientada por la justicia. Pero si se quedara sólo en la justicia sería estéril para aquellos ciudadanos derrotados por la competencia existente. Viceversa se completa con la caridad; y por ella la autoridad se vuelve servicio; un servicio respetuoso de la persona humana y consiente de la deuda que se tiene hacia quien está en la miseria.  La política concebida de este modo se siente responsable del bien de todos los ciudadanos, también de los últimos, no le basta impedir el mal o mantener el orden externo, sino que se esfuerza por suscitar el bien, según un orden interno, es supremamente benéfica.  La política fuera de la ley de Dios se transforma en una maldición para los administradores; dentro de la ley de Dios se convierte en una ayuda vigorosa para alcanzar fines individuales, familiares, profesionales. Y, si se traduce la ley de Dios se edifica la ciudad de Dios.  Por la caridad se excluye al egoísmo que nos mantiene al margen y se concientiza a cada uno del deber de hacerse cargo de la comunidad; se ve el interés público, no como una categoría externa, sino como un interés común, del que no se excluye el destino de las respectivas familias y personas. De hecho se llama “bien común”.  El hombre pacífico no ignora la lucha, el hombre de la caridad no ignora el odio. Apenas sale de la “celda del propio yo” encuentra al adversario. Es un hermano, pero reducido a enemigo. Y a menudo recibe un mal por el bien que hace, y a menudo se ve instigado a la venganza; y quizás durante diez, dieciséis, veinte horas, y no recibe otra cosa que estímulos de ambición y alarmas de corrupción. De modo que todo es un combate contra la lujuria y la guerra: pero combatir es vivir: un vivir como signo de contradicción“. ( Igino Giordani, Le due città (Las dos ciudades), Città Nuova)