Cartas a Théo

 Conservo  una vieja  edición en francés de Cartas a Theo de Vincent Van Gogh, que mi amiga  Françoise Gall me había regalado en 1984. Un día mientras visitábamos la Galleria degli Uffizi en Florencia, Françoise me hablaba de la luz: Tantos pintores, a lo largo del tiempo también se alimentaron de esta obsesión, y en este sentido, la historia de la pintura, podría comprenderse como la historia de tentativas por apresar la luz.  Había  sobre todo que resaltarla, suscitarla, hacerla brillar, resplandecer, con toda su potencia  original, y conseguir que el cuadro aparezca él mismo, como una fuente de destellos. Van Gogh no buscaba probablemente otra cosa cuando  daba incasablemente  pinceladas a sus cuadros dándoles retoques al cielo enfebrecido, a los campos de trigo y a su serie de tornasol con esa fuerte estridencia de amarillo…” Era la primera vez que escuchaba hablar de Van Gogh y de su estética. Françoise, viendo mi interés, me aconsejó leer Cartas a Théo. Estas cartas que el pintor escribió a su hermano durante veinte años recogen su autobiografía, pero también sus principios estéticos.

 El 29 de julio de 1890, en un campo de trigo de Auvers sur Oise, Van Gogh se disparó un tiro en el pecho; en uno de los bolsillos del cadáver figuraba, incompleta, la última carta a su hermano Théo.

Lo leí durante un viaje a Brasil. De vez en cuando abro sus páginas y me dejo llevar por esa luz que corre también en sus cartas. Me proporcionan siempre algo nuevo. Como decía el pintor: “¿Qué sería de la vida, si no tuviéramos el valor de intentar algo nuevo?”

El ejemplar que ahora conservo en mi biblioteca es de Ediciones Jucar, publicado en 1990. El prologo es de Mauro Armiño.